Una salud inventada (Retazos de una novela)
1
He venido a verte, ahora que no estás, quiero recordar que has existido. Entre la niebla, mis ojos pueden hablar de unos rayos de sol que no existen, como me cuesta entender que una vieja menuda, en el cementerio, dos tumbas más allá, no pueda encontrar nada en mi pensamiento y yo en el suyo. Somos compartimentos estancos que yo imagino que se contaminan. He pensado en el recuerdo de una barca que anda en el pasado por las playas de Funchal, y escribo, como el poeta, heterónimos olvidados. En mi interior me permito encontrarte iluminando cualquier noche al volver a la pensión; porque no has surgido y ya andas por Caminho Do Lombo Segundo; porque saber que las cosas son útiles cuando intentas evocar al silencio, que cuente cosas, que contamine la tristeza con un poco de luz, hace que tu mirada sea esa que se perdió entre los nichos, mientras en esta habitación, en el espejo del baño, con el vaho de la ducha, escribo un verso: «No vuelvo adonde no estabas, vuelvo adonde no existes». Busco una historia, como si la marea recuperase la ambivalencia del signo, y en esa narración importase más lo que no se cuenta que una última añoranza. Podría encontrar esa representación en lo que los ojos intuyen, me he asomado a la ventana antes de la oscuridad, y estabas, hasta que recuerdo aquella presencia de la anciana entre las tumbas, mirando impresiones, sentidos de luz invisible que deducían tu presencia ficticia, y lo hacían como lectura incompleta de una realidad que nunca ha comenzado, en mis palabras. Mis soliloquios sobre la ausencia aumentan mi manera de entenderte: la vieja sentada esperando algo que no sé, y me mira en la lejanía y no sabe qué pienso de ella, porque ni siquiera una lectura de un lector atento, me hace saber lo que este cree, somos espejos que nos reflejan sin saber qué hay detrás. Por eso escribí ese verso: «No vuelvo adonde no estabas, vuelvo adonde no existes», sosteniendo la oscuridad con una lucidez extraña, inconscientemente, y elegí huir. Elegí esto para construir un comienzo. Cuando entré en el camposanto dos días después de que te hubieran enterrado, mi mayor ficción era visitar a alguien que no conocía. En esos dos días seguí al féretro de la iglesia hasta allí, esperé fuera, y me dije que volvería, porque mi historia estaba por esos lares. He construido desde la ventana de la pensión un fantasma, y quiero darle un ser. Todo pasa por enredarme en la mudez de la muerte, idear acciones como esta de entrar, aunque haya otras personas que me usurpen la idea, que extiendan la mansedumbre de una contemplación que yo prolongo desde la ventana. Hay algo que me hace sospechar cuando la figura de la vieja es tan perfecta, aunque no puedo darle ningún significado, ninguna explicación. Si sigo en perpendicular a su rostro, es porque otros transeúntes salen de allí y persiguen la normalidad. Escucho a algún pájaro solitario que, a su manera, relata la historia que yo me propongo inventar. Entiendo al pájaro, y en ese instante no estoy contemplando a una anciana, sino a esa muchacha ficticia después de haber pasado los años, mientras intento entender por qué no me acerco: no habría resistido contemplar el rostro que unos días antes había visto desde la ventana, olvidando por un momento que era la misma persona.
2
Este es un día posible… Es humano, hasta la luz cuando escribe. Y ahora es del barro que modela un amigo escultor; en él se reconoce ante la muerte. La nieve es como un refugio.
Hay emoción contenida y se siente heterónimo de sí mismo; una emoción sin esperanza por lo que comparten sus palabras con el mundo, como si imaginara algo sagrado sin necesidad de posicionarse hacia el exterior. La acción del poeta se aferra a algo interiorizado —él ha hablado muchas veces de lo imposible de la poesía para cambiar el mundo—, aunque en el silencio siga aferrándose a un tronco rasgado en un río. Anda por la nieve inventando sus pisadas, y piensa que podría haber creado una especie de realidad, mientras ese mundo es finito. Es lento de pasos —más que el galápago quizás—, y ha destinado a su oficio una dulzura que cuesta entender y que solo el poso de los años reconoce. «¡Jon!», escucha ese nombre y su eco entre las montañas, y se siente indefinido en el busto de barro. Lo lleva en la cabeza al andar por aquí, por esta Sierra de Cabrera como un poseedor de lábaros. Al menos escribir un verso le produce una armonía inadecuada, y este andar por la nieve se prolonga hasta extenuarse en lo blanco del suceso. En imágenes sin siluetas accede a un cosmos ficticio de un mundo sagrado que ya no existe. Y lo traslada a una posibilidad que tiene la vida de creer, a desconfiar de la belleza al igual que dijo en un verso que la verdad no existe.
En una peña se sienta. Abre un hueco en la nieve hasta que sus manos palpan la tierra mojada. Llena el hueco con un poco de leña y enciende un fuego. Se acuerda de que escribió que la luz hierve en los espinos, se acuerda de que el silencio le habla a través del fuego. Mira el cielo y las estrellas brillan limpias. Piensa en si su desaparición lo transformaría. Entiende que no hay otra forma de comprender la luz, como Lezama Lima: La luz es el primer animal visible de lo invisible. Este pensamiento siempre lo ha cautivado como un anillo para adquirir un compromiso. Su poesía es adquirir esa invisibilidad en su brillo.
Fuera de todo, ese esquema interior eleva de una raíz entre la roca una forma de amor; él recuerda que estar en una cama al lado de un cuerpo femenino es pasar miedo; es posible que ese miedo le acostumbre a esta luz del fuego, y compruebe que la nieve en derredor se ha derretido y su sombra a la vez, mientras el agua transporta en las manos ese límite extraño entre la naturaleza y un deseo de construir con migajas. ¿Es la mirada cuando obedece al silencio una plenitud inútil? Y entonces surge otra pregunta: ¿Qué es ser feliz? Y se responde: «Este avance de sensaciones con libertad, esa mentira que eres tú». A veces sabe que mirar las nubes cuando pasa un águila lo reconforta como una taza de café. Esa incredulidad avanza como un discurso inventado en las páginas de un libro. Esta mentira —como Don Quijote diciéndole a Sancho que los molinos de viento son gigantes— es una forma de que hable al silencio del fuego, escrutando la dualidad en lo otro, en lo que imagina sentado frente a sí. ¿Es la amistad la que lo sostiene e intuye la certeza de lo imposible dentro de él?
Ha traído de comer en la mochila unas salchichas para hacer en el fuego. Deposita tres en una parrilla y las tuesta. Repasa en silencio todo ese día inacabado, desde que salió de El Crucero, hasta que llegó a esta zona de la Sierra de Cabrera. El río Bernesga lo cautiva. Ese silencio del agua como el de estas estrellas, el cuerpo terroso del cielo en la oscuridad sin luna, o con una luna casi no definida. ¿El amor es así? Es una pregunta extraña dentro de la oscuridad. ¿Necesita perder el instante para comprender que el vacío investiga en los límites, en las afueras? Dentro hay finales, fuera quizás exista ese fuego ingente cuando echa más leña.
¿Es un comportamiento lleno de perfección, de esa existencia inventada esta mañana al abrir los ojos, al levantarse de la cama y sucumbir a la luz? ¿Cómo hay tanta oscuridad en un cuerpo que ocupa la ventana y el salón de la casa tapando la luz? Es como si un ciego mirara su rostro en un espejo. Él se distrae inventando la vida. Hay una determinación de estar solo en esa casa. Recuerda el fuego y esa forma de vivir. Ya está en un día nuevo, y hará algo distinto. Se ha sentado en la Plaza para seguir departiendo, y algo singular permite sentir esa medida de las cosas. Es una opción que se encuentra en la huida, como si hubiera decidido abstraerse en una cueva. Esa mirada cristalina de quien busca la transparencia incesante, y poder organizar una reunión de heterónimos como hace Pessoa en sus poemas… Lo imaginó ayer en el fuego. Se sintió saciado por las salchichas como si las hubiera compartido. Un diálogo extraño entre diferentes estados de ánimo. Entonces vuelve a casa. Al terminar de preparar la comida pone tres platos y tres tazas en la mesa. Luego vuelve a marcharse a su rincón preferido a la orilla del Bernesga con folios y un bolígrafo. Sucede un diálogo en su mente, y rebobina a la noche anterior, y se lo dice a su yo que está sentado junto a él en el fuego:
—La mirada originaria del silencio entre un feto y su madre. He acabado de imitarte, pequeña edad…
—Entonces vuelves al rocío de la mañana, y en algún lugar escondido fortificamos nuestros deseos.
—Quiero que sepas que el origen de la oscuridad está en tus ojos.
No inventa el miedo, pero lo descubre cuando una racha fría de viento aúlla en las montañas. Elige unos pájaros para volver a la realidad con una tranquilidad inquietante dentro del miedo. Ocurren cosas extrañas en su vida.
3
¿Y yo a quién esperaba? Ha empezado a llover después de que el bedel cerrara las puertas del cementerio. Es posible que ella no haya salido aún, es posible que me asuste si vuelvo a la pensión y abro la ventana, y por Caminho Do Lombo Segundo aparezca otro tipo de luz en una muchacha que no mira hacia arriba, hacia la ventana, como si prefiriera el recuerdo de quien la contempla y llegara a algún lugar que desconozco con simpleza, se acomodara, y ahora sí me señalara con el índice diciendo: «¡Te espero a ti!» Cualquiera diría que lo que surge de un secreto es insignificante, como insignificante es una barca en medio del mar, sin nombre, pero sí con sensaciones, y una de ellas me permite cerrar la ventana y tumbarme en el salón, olvidando que mi mente produce engaños. Cierro los ojos y la anciana está sentada en una silla, con la misma postura con la que examinaba la tumba, y tengo miedo. Abro los ojos, y el negativo de la imagen compone un decorado singular, como si una muchacha, a la que me gustaría darle nombre, allí, me dijera con esa señal de su dedo que todo proviene del camposanto, de la tumba. ¿Si pudiera entenderlo? A veces hay ideas que se olvidan tan profundamente, que, a lo largo de la noche, en el sueño, surgen dudas que definen mi manera de vivir. ¿Cómo se produce la escucha? Lo que la vieja contempla en la tumba es lo mismo que contempla cuando cierro los ojos. ¿No estaría yo allí? No reconozco a la anciana, y no te reconozco muchacha, aunque mi mente te haya inventado. Pienso que a veces sabría que hay algo especial en lo que pasa por allí, por Caminho Do Lombo Segundo, es posible que al volver al cementerio estuviera de nuevo entrando el féretro, y ahora sí construiría una historia, vería a la vieja cariacontecida barruntando un drama al compás del trino mensurable de los gorriones que habían anidado en los cipreses. Más allá de mi invención, elegiría presentarme dulcemente entre la niebla, porque así están mis pensamientos, llenos de una niebla que raspa. A veces me pregunto que de dónde vengo, si ahora hay una muchacha que me preocupa, singularmente, y mira una tumba durante tantos años que se ha convertido en anciana. Por eso mi singular forma de relacionarme con ella creo que viene para recordarme que hay momentos que nunca terminan por olvidarse, intuyendo que del pasado escojo una noche adolescente en la playa, de viaje de fin de curso, apoyando mi mente sencilla en los recuerdos, como alguien que construye así. Quizá lo que descubre mi mente es demasiado ficticio, pero era volver allí y me cercioraba que la voz de la anciana existía demasiado tenue, y las lágrimas de sus ojos caían lentamente por las mejillas agrietadas con arrugas, y ya no recordaba la manera de satisfacer a una muchacha joven.
A veces me pongo en el lugar recorrido por esos pasos de mujer joven. Bajo las escaleras de la pensión como un extraño que viniera desde muy lejos, y, como un fantasma, ella ha desaparecido. Es difícil entender lo que ocurre; tan solo puedo llegar a una de esas siluetas construidas por las sombras, y sé, o me cercioro de lo singular que es el silencio entre la gente que transita por allí. Todo el mundo sabe de su nombre, pero yo no sé el de esta muchacha, o no lo sabría hasta que cayera en la cuenta de que me lo puedo inventar. ¿Ella, en verdad, es alguien, es un ser, o es un artificio? ¿Importa? ¿De verdad la muchacha que duerme a nuestro lado existe, o es un sueño? ¿Tendría valor entender la ficción que incluye la vida? ¿Lograría encontrarla después de haber soñado o haber tenido una pesadilla?
4
Los lares se han derruido, un pensamiento de alguien que inventa que se volverá a ver con el muchacho. Le sugirió que fuera con él a la Sierra de Cabrera, pero éste le dijo que se iba a Funchal. Hace tiempo que la poesía no existe, y el arte se ha sometido a un cambio de paradigma por el tiempo, que ha afectado más a los gustos populares como los de la música. Anoche, siguiendo los Oscar por televisión, descubrió que Bad Bunny se había llevado la estatuilla por la B. S. O de una peli titulada Amamos el Arte. Cuando estaba en el fuego, ¿de verdad habría querido que el muchacho fuera su heterónimo? Y se dijo: «Amamos el Arte está en Filmin. ¿La vería?» Por las noches recuerda la disposición de un esquema ficticio en el que el dinero es la clave para sobrevivir, por encima de la salud o el amor. Es algo que significa una posibilidad. Lleva seis libros de poesía escritos que hace en octavillas y los reparte por la ciudad de Burgos. Ha oído que la capital de Beirut asolada por la guerra, va a servir para hacer Resort y Complejos Turísticos. Él construiría una oración, e imaginaría la relación que siempre ha encontrado entre la vida y la muerte. Por ejemplo, ahora es Navidad, y el primer niño que nace en un Hospital de Campaña de la Luna Roja está tan cerca de la muerte, aunque sea por el fuego de mortero israelí, y un proyectil palestino entra en una casa de Jerusalén donde un cristiano está poniendo el Belén… «¿Esto qué es?», le pregunta un transeúnte por las calles de Burgos al darle una octavilla. «Por si llega la paz al mundo», le contesta. El transeúnte espera que se vaya, hace un girón al papel y lo tira al suelo —ni siquiera a una papelera. Él oye demasiado bien el nacimiento de la muerte; fue al Museo del Prado y vio El jardín de las delicias, y siempre ha detectado en esa pintura algo de fugacidad en la vida. Chantal Maillard da un significado a la muerte en su pensamiento. Ella argumenta que el hombre siempre la ha utilizado para progresar. En un pequeño ensayo titulado ¿Es posible un mundo sin violencia? dice: «Todo ser sobrevive a costa de otros. Ésta es la regla principal. Todo ser vivo se alimenta de otros seres, por lo que cualquier acto de supervivencia es un acto de violencia». La obra de El Bosco es una obra pesimista, pero él, en el fuego, quería preguntárselo al muchacho… ¡Está vivo y ha dejado atrás muchas cosas! Inventa la historia de una muchacha, y al muchacho al que intenta darle un significado desde Madeira. ¡Él dice que está vivo, necesita que alguien lo crea, y no ha encontrado a nadie más en el mundo que haga una poesía…!
5
Vuelvo al día que entré en el camposanto por primera vez. Me dejé atrás muchas cosas. Puedo recordar que esta historia surgió porque alguien me habló de ella cuando iba a visitarlo a su cabeza. Viajé hasta Madeira por eso. Un anciano que me dijo:
—La mejor invención es la que llega del silencio. En este cuarto, con tantas horas para mí, agotado, puede que volviera a encontrar las historias que contaba en la calle, con las que me ganaba la vida.
Yo le dejaba hablar en esa recreación. Y me dije: «¿Por qué no hacer la mía propia?» Entonces cogí un mapa y elegí la isla de Madeira. Nadie sabe las veces que he recorrido Caminho Do Lombo Segundo como una obsesión:
(«Estoy solo», dice en su imaginación. Es una sensación que se aposenta en mí cálidamente y recuerdo con entusiasmo sus últimas palabras: «Construye lo que tú quieras, eres libre». Y eso intentaba hacer. Quería ver dónde estaban los odres de vino, derramarlos de un tajo con la espada de su imaginación. Entender que no existe el fracaso, si tu vida está cimentada sobre arena. Durante muchos años olvidó que podía verla dentro de mí, hasta que en el fuego descubrió que me iba. Me senté a su lado muchas de esas tardes en que no hacía nada, con un sol que templaba el frío de marzo y entablamos amistad. Él llegó a decirme:
—La tienes dentro de ti, constrúyela. Haz una historia…
—Quiero buscarla en otro sitio —le insinué yo.
Y acabé aquí, en Madeira, en Funchal, en Caminho Do Lombo Segundo, y empecé a construir un relato aprovechando la luz de la mañana, que entraba por la ventana y se quedaba en el escritorio. Creo que por unos días fui feliz. Vivía haciendo un viaje, como una manera de desorientarme sin saber cuál era mi casa. Iba y volvía del cementerio a la pensión, de la pensión al cementerio, para poder seguir escribiendo. Algunas veces no era capaz de idear nada, y me tumbaba en la cama hasta que la luz al llegar la noche desaparecía. Hurgaba en las imágenes que me dejaba su vista, como si coleccionara sellos. Allí siempre estaba la muchacha.)
Levemente el movimiento de su boca al mirarla me llenaba de una sensación fortuita, y quería mostrarme como el muchacho que disfrutaba de algo que el viejo había construido. En el interior de ese artificio podría llevar el personaje a Funchal, eso le dije, y él me contestó que todo era posible. Así que de nuevo necesitaba abrir la ventana de la pensión, mientras recordaba frases surgidas de una charla como:
—«Es posible que ella haya dejado un mensaje. Pretendía proteger algo que estaba entre ella y yo» —me contaba el viejo, a lo que ponía en mi boca:
—«Ella es la única que sabe de la soledad». —Era como una representación artística del silencio.
A veces es posible meditar con una vela apagada, dentro de un templo, porque la luz está dentro, y no necesitas abrir los ojos incuestionablemente, ya no necesitas hacerte ninguna pregunta. Ahora conoces la inagotable respuesta que llega de un fantasma.
6
Ese día que estaba solo en el fuego, el viejo quería ir a Funchal, sin saber qué encontraría. Tenía la certeza de que el muchacho entraría en la peluquería a que ella le cortara el pelo. Pensó que no era posible silenciar la escucha de un viejo, olvidando por un momento que se había hecho mayor sin darse cuenta de lo irracional de esa sensación; ahora la presencia de esa realidad en el fuego le devolvía a un estado de ánimo impersonal, atmosférico, como la leyenda de John que se encendía un cigarrillo detrás de otro cuando los Beatles quisieron volver a actuar en directo y ensayaban nuevas canciones en Twickenham. El viejo se dijo que podría sentarse en la silla de la peluquería, y ella le diría que había reconocido la figura del profeta:
—Es de noche cuando prosigo con mis estudios de filosofía —le diría la muchacha.
El profeta era un muchacho que siempre pierde. En el fuego, en el cuaderno, suplantó la llamada de algo que estaba sucediendo. El viejo no quería darle un significado, pero por alguna razón encontró la manera de conseguir enfatizar el porno, que había presidido su vida. Ahí aparecía la relación de una muchacha cariacontecida, silenciosa, que quizá tuviera las claves para salvarle la vida.
Es una noche sin peligro, al menos es lo que piensa, y el viejo inventa esa relación entre un hombre y una mujer. La primera vez, dos niños que no saben por qué tienen que separarse, hasta que la madre de él le dice que los padres de ella buscaban trabajo en otro lugar, y no lo comprende. Más tarde, otra segunda relación se fue a la deriva por culpa de la enfermedad; jugaban en el patio y se despidieron, y esa misma noche ella murió de meningitis, añadiendo una segunda realidad que aumentó en la adolescencia al repetir COU, respetando la relación de su mejor amigo con su novia mientras este, en Sevilla, le ponía los cuernos con otra; así que nunca fue capaz de acercarse a su amor, y encontró en el porno lo que la realidad le había quitado desde entonces. El porno construyó un hombre sin posibilidades, que era este muchacho que se había sentado en la peluquería. Convirtió el encuentro en una conversación sobre la ausencia.
—El amor está por hacerse dice el filósofo que estudio ahora, Jean Luc-Nancy, como si todo estuviera por llegar. Estudio filosofía para comprender a muchachos como tú. A saber, ¿de dónde surge esa imposibilidad de estar juntos? No acabamos de estar unidos, nuestro amor está terriblemente suspendido en la realidad, no sabemos cómo llegar a ese lado del sentido porque ya lo anduvimos en todas las direcciones y no obtuvimos nada.
El viejo se levanta cuando el fuego va empequeñeciéndose, y lo alimenta. En su representación ha escudriñado una presencia uniforme y cabal que momentáneamente le sirve.
Continuará...
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