Entender que algo trágico es algo perfecto, algo a lo que no se le puede añadir ninguna cosa más, que está acabado. Cuando se logra atisbar un comienzo, lo imaginamos en un final. No tiene su aquél el hecho de la longitud recorrida, que hemos tardado un año en bosquejarla, y esto al ser humano le sobrepasa. Necesita generar un espacio para el diálogo al evocar la situación de abatimiento que conduce la pérdida de fe en él. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido para que seamos extraños a él? Reconducir es un espacio que necesitas. Mostrar a las claras la incertidumbre del ser humano, la apariencia ejercida por la manera en que desaparecemos. Y, por tanto, si huimos, huye el proyecto. Elogiar al que reconduce con una bolsa de nueces, nos posibilita un entramado en la vida. Es posible vivenciar lo que el proyecto proponía, esclarecerlo en base a una serie de adjetivos escritos con bolígrafos de distintos colores. El proyecto se mueve hacia la creatividad. Escribes el coloquio con tu psicoterapeuta en una servilleta de papel en un bar, mientras hablas con tu amigo de la posibilidad de emanciparte. Asomado a la ventana, eliges una idea que va a desaparecer, pero que quedará reflejada en una de las partes del proyecto. Imagina que ese proyecto se compusiera de fotografías que reflejaran el paso del tiempo. Y en la ventana la idea trata de alcanzar a la golondrina en un disparo perfecto con la cámara, y lo haces, y la idea se olvida. Si es fotografía analógica, relevarás el carrete un mes después, y volverá la idea transformada en un espacio de conciencia sobre lo que la vida ha traducido en ese momento. Si es digital, es difícil que mires de la misma forma la pantalla de la cámara, la imagen en el pc o la imagen impresa en papel después. ¿Estoy hablando de cosas superadas? Dice Stephen Shore que el fotógrafo, en medio del caos del mundo, elige una imagen y la fotografía. Analizando que el caos también está dentro del fotógrafo, ¿por qué tendemos a olvidar esa capacidad, la de desarrollar un espacio a través de la imaginación, construirlo de apariencias, y que dudar sea el eje desde donde se forma el proyecto?
No eliges la situación de partida, y puede surgir de tantas cosas. A mí me ayuda la imaginación. Apagar la luz y visualizar lo que A. von Hildebrand llama unidad, entre la representación de la forma y la impresión óptica[1]. Ni siquiera eliges lo que imaginas, sino que aparece para rehacer con el simulacro una fotografía. Eso es lo que iba haciendo por la Ciudad Vieja de A Coruña, hasta que de una fuente surgió una poderosa mirada de unos pájaros que bebían. Eso está en tu fantasía después, adivinando cómo quedaría en el carrete la fotografía realizada. Ahora hay miedo porque tienes que emplear algo que no dominas, el revelado. Y surge la creencia de si es posible esa sensación, tener la sacudida de no querer revelar la imagen porque la fotografía no sería tan poderosa a como la viste con los ojos. En el recuerdo, imaginas una imagen, y con dotes de pintor la dibujas.
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