La inmensa tarea de no hacer nada con las cosas

En esta fehaciente ficción que es encontrarse en el mundo sin importancia para darle un sentido a una manera de estar, es la motivación por este equilibrio inestable en donde todo encuentra su ser. ¿Es esto «una oscura dimensión contra la ferocidad[1]»? La sensación de que la vida está más allá de la abundancia, alejados del «auto[2]», apegados a la trascendencia de lo sencillo, en su sutilidad. Algo útil menciona el momento, eso que no existía cuando el bastón no estaba[3], y que ahora se encuentra ahí, «la entereza que no tiene este poema/ sin apenas vértebras, sin apenas/ alarmas verbales[4].» Quizás la entereza de la vida está en lo invisible. La elocución de un rezo escuchado por la sordera de unos oídos que reciben la revelación del «nosotros[5]». A veces escucha a la madre por primera vez, como si no la hubiese perdido, y en esa estimación del amor en su eterno retorno presiente la pérdida, que cuando niño no toma el impulso que toma a lo lejos, cuando adulto, cuando se sabe inducido a unos nuevos significados sin su presencia. ¿Todo esto es un síntoma para estar enfermo? Si pudiéramos buscar, como ejercicio de recreo, y no con un sentido triste de que no encontraremos nada… La vida deja sus posos en la invisibilidad de un río, que además corre de una manera precisa, y difumina su cuerpo y aparece la derrota de improviso. Aparece el trastorno en un muchacho dulce que escucha: «Tú no tienes el momento, tú no tienes el momento». Hace presencia en una referencia sostenida por amarres rotos, y la psique se ve agotada a la deriva. Viajar a la deriva destruye el espacio, y construye otro nuevo. Lo que el muchacho no conocía de la existencia es un todo universal, y no anda buscando su sostenibilidad, más bien necesita aceptar una aceptación para curarse. Utiliza la narrativa de la vida cotidiana para reordenar los recuerdos; motivarlos será o surgirá de los más recóndito del placer, reconstruir por medio de la imaginación lo que te ha quitado el pasado, una tarea ingente que se convierte en lo más prioritario para el muchacho.

«Qué eficacia / la del amor[6]».

Quizás el amor sea así, quizás constituya una experiencia de espera hacia algo que está por venir, y que el muchacho experimentó cuando sus padres no le dieron de lado en la enfermedad. Eso que está por venir no tiene por qué existir al instante, al menos como el mundo lo propone. Puede ser un cristal traslúcido que memorice una luz sesgada. El espacio destruido se convierte en insustancialidad, de donde nacen nuevas formas de arte. Parece que es el momento de vivir una nueva memoria construida de cristales rotos, una nueva psique elegida de la acción incorrecta. ¿Todo en la cabeza de un enfermo es error? Conocer la trascendencia de la propia felicidad, un muchacho con un trastorno es feliz. Quizás en esta situación extraña para el mundo, lo destruido genera una estrategia de anuncio, «él está aquí, el innombrable, el equivocado, el feliz», y todo porque experimentó el amor de sus padres, que no es otra cosa que el amor a la vida. ¿Es verdad que una elección conlleva una consecuencia? Se trata de constatar que no habría equivocaciones si se conoce el fruto de un aprendizaje. Desde ese silencio que es lo insustancial comunicamos con la vida, imaginación extrema hacia un significado. Lo anunció el instante, en ese centelleo se produce la historia del mundo. Si hablamos de nuevas formas de arte es porque caminamos hacia una oscuridad que nos aclarará las cosas. Idear el modo en que lo inmediato no desaparezca porque lo perenne está viejo, o aprender de esa inmediatez a elegir los errores que demuestran el teorema. Si pudiera pensarse en términos de espera. Puede que el silencio dejara de ser la solución, y el propio silencio sigue estando aquí. ¿Lo olvidamos? ¿Serviría de algo? Actuar por la propia estrategia del anuncio, cuyo proyecto es el desconocimiento. Un smartphone anuncia prácticamente cosas que al instante han sido olvidadas. Imagina que, por un cartel de propaganda, que anuncia un champú en la Gran Avenida de Nueva York, pasan 2035 personas una mañana, y la 1354 es la única que lo mira con la sensación de que podría generar una nueva forma de arte, y regresa a su domicilio y empieza a pintar un cuadro en que su hermana, con un trastorno, se lava el pelo con el champú y sus neurotransmisores vuelven a funcionar correctamente. ¿El arte se anticipa a la realidad? Lo mejor viene después. El pintor deja el cuadro en su Galería de confianza, generando un diálogo inusitado cuando es expuesto. «Aquella música que nunca / acepta su armonía es armonía[7]», como diría el poeta, y de esa lucha con sus propios ídolos nace esa armonía[8]. Podríamos deducir que el pintor extrajo de ese vistazo algo que le sirvió. No aceptar la idiosincrasia de la enfermedad, para anticipar un diálogo que ha tenido muchas veces con su hermana. El diálogo surge de la imperfección: su hermana llama imperfecta a esa manera que tiene de entender el arte. Él le había enseñado el cuadro, y con la imperfección de sus conocimientos su hermana le vaticinó un éxito sustancial. Es preciso entender que todo se produce en la continuidad de la vida. Desde que el muchacho generó un nuevo destino al contemplar la imagen del champú, podríamos decir que hubo interacción con lo que el cartel buscaba.

En la interioridad existe el vocablo, el anuncio, la forma en la que el mundo se llama así mismo. ¿El mundo está lleno de profetas? Jean-Luc Nancy argumenta que el mundo no hace caso a sus profetas, que estamos acostumbrados al aquí y al ahora y todo se ha ido al garete[9]. El muchacho con un trastorno se vio afectado por lo que le decía su terapeuta, y ya no le sirvió. Ya no encontramos una esperanza en el futuro, porque entendemos que el futuro que nos espera carece de realidad. Pero vuelve a esos versos de Aníbal Núñez: «Aquella música que nunca / acepta su armonía es armonía», es decir, se podría pensar que estamos en el tiempo propicio para desentrañar realidades, un camino abierto por la propia poesía. Lo que el muchacho quiere dar a entender, es que el poeta salva la vida cuando de su pluma surge un verso. El muchacho escribe que los días son cumbres que no se levantan, como si el trastorno se dulcificara en la estructura de un verso. El muchacho lo ha escuchado de su terapeuta: «La poesía te ha salvado.» Como dice Miguel Casado, Shklovski piensa que el arte puede recuperar la vida, la realidad de la vida; aún más, esa sería su tarea: hacer de la piedra piedra[10]. Por eso este anuncio conlleva una forma diferente de mirar, la singularidad imperfecta sorprendida por los ojos más ignorantes, los de un niño. Shklovski habla de extrañamiento, un arte que tiene la palabra de devolvernos a la presencia. El trastorno está ahí, es verdad, y seguirá estando, pero a la luz de las palabras llena un nuevo espacio, lo que decíamos anteriormente: ya no somos los mismos, pero entendemos el proyecto que emerge de esa invención, que es la palabra.

«No es miedo: es certidumbre[11]»

El anuncio crea una certeza, ¿y cómo lo llamaría certeza si nadie la cree? Es que el anuncio quizá no crea certezas, sino dudas. No recorremos la forma, tan solo ideas. ¿Es posible que el profeta no anunciara? Palabras sin anuncio; en la medida de lo posible, que todo recuperara una armonía que no tiene, la imaginación del arte. Desde ahí, el planteamiento es infinito, un lugar donde nos encontrarnos a nosotros mismos. 

           



[1] El que menos sabe, Tomás Sánchez Santiago

[2] La frágil piel del mundo, Jean-Luc Nancy

[3] El que menos sabe, Tomás Sánchez Santiago

[4] Ibidem, p. 27

[5] La frágil piel del mundo, Jean-Luc Nancy

[6] La construcción del sentido imaginario, Fernando Yubero

[7] Definición de savia, Aníbal Núñez

[8] Ibidem, p. 7.

[9] La frágil piel del mundo, Jean-Luc Nancy

[10] La belleza de la escritura, Miguel Casado

[11] Definición de savia, Aníbal Núñez

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